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El marqués de Sade - Historia - «Misterios»

Pamela - 09/10/2010 10:32 horas  Comentario(s) Enviar la noticia por emailEnviar Noticia

Donatien Alphonse Francois, así se llamaba en realidad el marqués de Sade, ese autor, “monstruo obsceno” según la prensa francesa de finales de Siglo XVIII, que paso prácticamente la mitad de su vida entre rejas.

Tres regímenes diferentes lo tuvieron encerrado; la monarquía, la revolución y la rea napoleónica. Durante mucho tiempo su leyenda negra fue aumentando y su historia no circulaba más que en ediciones clandestinas. Hasta que en el Siglo XX el nombre de Sade penetro con fuerza en campos como la literatura, la filosofía o el cine.marques-de-sade-2.jpg

Los retratos que poseemos del joven Sade nos muestran, sin embargo, a un apuesto y aristocrático oficial de caballería. Había nacido en 1740, en el seno de una familia de la nobleza provenzal. Participo, muy joven, en la guerra de los Siete Años (1756 – 1763) como capitán de caballería. Regresando a Paris se caso con Renée-Pelagie de Montreuil, en un matrimonio de conveniencia auspiciado por su padre.

En este punto, abramos un paréntesis en nuestra biografía. Aquel joven Sade de los años 60, recién casado, ya se vio envuelto en varios escándalos. Pero nada que por entonces no fuese casi habitual en algunos sectores de la lata nobleza: fiestas, prostíbulos, etc.

El Siglo XVIII francés dentro de lo que tanto un moralista revolucionario como un pio (y posiblemente hipócrita) burgués del Siglo XIX calificaría de licencioso y libertino. La aristocracia no se mostraba interesada en acrecentar la productividad de la nación (en ellos estaba la posibilidad), sino en buscar nuevas formas de entretenimiento.

 

Mientras la mayoría de la población luchaba por sobrevivir, y en tanto que las arcas del estado se endeudaban cada vez más, el rey no supo o no pudo romper esa dinámica hasta que ya era demasiado tarde. Un ejemplo de que Sade no empieza siendo un caso extraño es que no tenía ni 10 años cuando fue a vivir con su tío, el sacerdote Jacques-Francois de Sade, al oscuro y tétrico castillo Saumane, en el que pudo observar las escandalosas orgias que su tío organizaba.

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Lo peculiar del comportamiento de Sade radicaba en su falta de hipocresía y en su radical ateísmo. En 1763 empieza las denuncias, una prostituta lo acuso de haberla azotado, también y sobre todo, de haberla forzado a mantener relaciones con su crucifijo puesto mientras Sade gritaba obscenidades contra Dios. En 1768, otra mujer, una mendiga, lo denuncio por haberla azotado y herido con objetos punzantes y cera caliente.

Las cosas se estaban saliendo de control, es así que fue encarcelado, aunque su influyente familia consiguió salvarlo. Pero el frenesí sadiano fue en aumento y en 1772 una extraña acusación de envenenamiento obligo a Sade a huir con su cuñada.


Durante unos años, fugitivo, vivió escondiéndose entre Francia e Italia, al fin, en 1777 fue detenido y recluido sucesivamente en Vincennes y en Bastilla. En realidad, era ahora cuando comenzaba el mito, imposibilitado de experimentar, se dedico a escribir.

Y aunque en 1790 fue liberado (la revolución había estallado en 1789), pronto se lo volvió a encerrar, para volver a verse libre hasta que, definitivamente, ya en 1801, Napoleón lo mando arrestar, sus últimos años los paso en el manicomio de Charenton.

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Pero el autor renació en el Siglo XX. Por una parte, a la sombra de los campos de concentración y la zozobra moral que significo la Segunda Guerra  Mundial, en una reflexión general sobre el concepto del mal, muchos filósofos y escritores se fijaron en Sade. Algunas de sus conclusiones fueron llamativas, viendo en Sade un hijo de la ilustración tan legítimo como el propio Kant.

 

Cuando el Marqués de Sade escribió sus textos, la moral de la época era lo suficientemente miope para no encontrar un contenido más profundo que la simple narración explícita de conductas tipificadas como aberrantes y bizarras. Sin embargo sus textos tenían una extraña magia que llamaba la atención de ricos y pobres, porque les invitaba a imaginar lo inimaginable y a construir fantasías para escapar de la rigidez social que se vivía.

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